Puente transición

El tejido que sustenta la protesta

Las sociedad son cuerpos heterogéneos, compuestos por diversos grupos con intereses propios y ciertas demandas en común. Pensar en una transición sin fuerza social es una utopía; una propuesta que carece de la racionalidad suficiente para ser defendida. La tarea de ensamblar una transición a la democracia no es un mandado fácil que pueden asumir solamente los partidos políticos.
 
En Polonia fueron los sindicatos; en Serbia, la juventud. Distintos sectores sociales han fungido de catalizadores de la transición de distintas coyunturas históricas. Existen áreas de la vida nacional en las que los partidos tradicionales no pueden penetrar; más aún, después de décadas de desprestigio y ataque al sistema de partidos.
 
Numerosas encuestas han señalado a la Iglesia, las universidades, los estudiantes y la comunidad como organizaciones de base social capaces de movilizar a la ciudadanía en favor de un cambio político. Estas instituciones proyectan la credibilidad que requiere un movimiento de resistencia ciudadana no violenta y que, en sintonía con la agenda de los partidos, podría brindar resultados positivos en la dirección de un regreso al orden constitucional.
 
El problema o, mejor dicho, el reto, es que estos sujetos sociales no están articulados alrededor de una agenda común que tenga como objetivo la transición. En el caso de la Iglesia, los estudiantes y las universidades sí es evidente un rol mucho más politizado durante el último año. Los comunicados de la Conferencia Episcopal Venezolana, del Movimiento Estudiantil y los rectores universitarios dan cuenta de la posición firme que han tomado estos entes en contra de la autocratización. Sin embargo, hace falta expresar esas posiciones sobre lo concreto; atar lo comunicacional a protestas ciudadanas con alto contenido social. Quizás la represión y la criminalización de las manifestaciones disuaden a las tres organizaciones mencionadas de convocar su propia agenda de presión social.
 
Por otro lado, las comunidades han expresado su descontento en distintas oportunidades y por diferentes motivos durante 2017. Barriadas populares y urbanizaciones protestaron durante los cuatro meses de manifestaciones de este año. Probablemente, la gran falla fue que muchas de estas acciones de calle se tornaron violentas, la ausencia de objetivos y la falta de organización social y planificación. Aunque, si algún hecho brinda esperanza, fue el carácter espontáneo de muchas de esas protestas; lo cual revela un hecho: la ciudadanía puede manifestar incluso sin la convocatoria de un partido político. Existen elementos de la protesta que son propios de cada comunidad y que no son propiedad de ninguna organización partidista.
 
Tras la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente, es el momento de cambiar la estrategia. Las marchas que partían de cuatro o cinco puntos de la ciudad son reprimidas apenas comienzan las concentraciones. El aumento de autocratización del régimen nos obliga a ir a lo orgánico de la sociedad; a los grupos naturales, básicos, en los que participa la gente. La iglesia de un pueblo, una asociación de vecinos o un centro de estudiantes pueden convertirse en un tejido social poderoso que sustente a la protesta. Necesitamos organizarlo y dotarlo de una agenda propia que coincida con otros factores para estimular protestas ciudadanas por el restablecimiento de la democracia.

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